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Los pelos de los “lulums” asustan a los niños africanos

Los troncos hacen la función de las bandas rugosas para reducir la velocidad al paso por las poblaciones . Foto: Equipo Quim Fàbregas (EQF)Banjul, la capital de Gambia, nos recibe de noche. La iluminación de la pista de aterrizaje es el único punto de luz que se observa desde el aire. A pesar de la oscuridad, la gente hace vida en la calle. Alrededor de una mesa, en la puerta de un almacén, o simplemente, preparándose un té y ofreciéndose como sherpas para el viaje de unos cuantos ‘”lulums”, blancos, recién llegados. La oscuridad se hace aún más visible en el desplazamiento por carretera hasta Brikama, aun en Gambia, y donde dormiremos unas pocas horas en un pequeño albergue. La falta de habitaciones hace que algunos tengan que montar la tienda en el exterior.

La luz más importante de África es la que se levanta cada mañana, después de las oraciones de primera hora. Sonoras desde muchos puntos. En Gambia, el 90 por ciento de la población es musulmana. Los niños no entienden de religiones. Tampoco necesitan lenguajes para comunicarse. Uno de ellos se acerca. Me roza el brazo. Los pelos. Me mira las piernas y me levanto la camiseta. Se echa atrás, al ver que el pecho también es peludo. En un rato, llegan como ratoncitos salidos de todas partes, más niños. Y llaman, -donde está Quim? Lo reclaman. En Brikama y también en Caparan, donde lo conocen como “l’ambassadeur“. Es más que un embajador para ellos.

Con la luz del día, hay que callar y observar. Los ojos, sin embargo, no dan abasto para captar la gran cantidad de actividad que acompaña nuestro viaje hacia Caparan. La carretera está llena de gente que camina por los márgenes. Es domingo, pero es un día como cualquier otro. Todo el mundo hace cosas y todo el mundo parece que no hace nada. Las personas se mezclan en la calle con los burros, las cabras y las ovejas. Forman parte del denso paisaje con que despedimos Gambia. La salida se hace larga. Cuatro banderas irreconocibles te indican que has llegado a la frontera con Senegal. El funcionario de turno, vestido de uniforme, espera el pasaporte y los papeles del visado para entrar al país. También, otra vez, los niños. Vendiendo huevos y cacahuetes en plena frontera.

Finalmente, y después de más de una hora y media de desplazamiento, pasamos el cartel que nos dice que estamos en Caparan. Unos árboles, grandes, cortados a ambos lados de la carretera indican que debes reducir la velocidad. Son las bandas rugosas africanas. Hay que sortearlos. El viaje vale la pena. Porque, el árbol de verdad es el “Fromager”. Allí, lleno de simbolismo, una cuarentena de hombres, mujeres y niños nos reciben. Con música de tambores y bailes tradicionales. Caparan nos acoge con los brazos abiertos. La simbiosis es total entre dos maneras de entender el mundo. Calella-Caparan.

Equipo Quim Fàbregas (EQF)

Ziguinchor, 13 de noviembre de 2013

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2 Responses so far.

  1. Pepi Canal says:

    M’ha agrat molt la lectura d’ aquesta entrada a Gambia tenint en compte q demà la viuré jo, direcció kafountine amb catalunya casamance. Felicitats pel treball fotogràfic i tb.per la vostra feina a Caparan (a veure si hi puc fer una escapada) i molta ilusió per part meva per l’estada i el treball a kafountine.

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